Siento que la gente me odia, a mí y a
cada momento que están a mi lado. Para la mayoría de las personas soy una
agonía, perder el tiempo, algo que no tiene fin, que te merma, pero que, obligatoriamente,
tienes que concluir.
A veces, puedo estar en calma, tranquilo,
nunca parezco morir, pero sí que lo hago. Soy una carretera. La gente siempre
las ve con otros ojos, simplemente un camino por donde desplazarse para llegar
a otros lares. Yo veo algo distinto. Y podría compararlo, por poner un ejemplo,
con un hermoso y gran río, con sus afluentes, torrentes y ramblas varias que en
él se bifurcan. Nunca estoy solo, aunque guste de ello, siempre el hábitat de
ese lugar me acompaña. De historias están llenas nuestras curvas y meandros.
Hermosos coches de lujo pasan por ahí a diario. Yo soy aquel coche viejo en el
que nadie se fija.
Con sutileza, me verás pasar,
mas yo no quiero destacar,
en este mundo extraño, me siento
renegado,
y es que no se puede ser pobre y
delicado.
Un lobo solitario se ve reflejado en
mis aguas,
un coche viejo y feo, observo por
aquellas rectas.
Nunca estuve orgulloso de mi forma,
desaparecer de aquí querría,
muchas veces se me ha pasado por mi
cabeza,
dedicarme al mester de clerecía.
Y ahora, ¿sabes ya quién soy?
1 comentario:
Queda detrás del texto un ser solitario, pero reflexivo y con capacidad evocadora y, sobre todo, dada esa identificación con la "carretera", un ser con proyección, con compromiso con el avance, con el progreso.
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